Los Pastorcitos de Fátima
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Lucía dos Santos (1907–2005)
Niña de carácter fuerte, reflexiva y con clara madurez espiritual. Lucía se convirtió en la principal portavoz de las apariciones. Nace en 1907 en Aljustrel
Tras los hechos, ingresó en la vida religiosa, dedicando décadas al estudio y difusión del mensaje recibido. Su vida demuestra constancia, obediencia a la Iglesia y amor profundo a la misión que se le confió. Tras las apariciones, dedica su vida entera a la oración, enseñanza y clarificación del mensaje.
Su aporte principal:
- Ser memoria viva y fiel,
- Redactar los escritos que hoy permiten estudiar Fátima desde dentro.
Su personalidad espiritual:
- Firme, reflexiva, esperanzada, sin dramatismos.
Francisco Marto (1908–1919)
De temperamento silencioso y contemplativo. No se interesaba tanto por las palabras de la Virgen sino por consolar “a Dios que estaba triste”, en su forma infantil pero teológicamente profunda.
Su ejemplo muestra cómo incluso un niño puede tener vida interior intensa, viviendo la oración como acto de amor.
Francisco comprendió que el mal en el mundo “entristece el corazón de Dios”, y su misión —desde su visión— era consolar a Cristo con el silencio y la oración.
Enseñanza espiritual de Francisco:
- No se necesitan palabras para amar a Dios,
- La soledad puede ser lugar de encuentro,
- Los pequeños gestos de amor cambian el mundo.
Murió con solo 10 años, sereno, confiado y con la certeza de haber cumplido su misión.
Jacinta Marto (1910–1920)
Niña compasiva, con fuerte sensibilidad espiritual. Ofrecía sacrificios por la conversión del mundo, especialmente por quienes estaban lejos de la fe.
Su corta vida fue testimonio de entrega, valentía, confianza en Dios y madurez sorprendente para su edad.
Jacinta mostró un carácter sensible, activo y compasivo. La Virgen le dijo que su sufrimiento salvaría almas, y ella lo asumió sin resentimiento.
Características espirituales:
- Profunda compasión por los que sufren,
- Amor a los pobres,
- Fe valiente ante el dolor.
Murió a los 9 años ofreciendo su enfermedad por los demás.
Su vida demuestra que la santidad no depende de la edad.