• administracion@apostoladofatimacordoba.com
  • +34 614 86 45 28

En las apariciones de Fátima, la Virgen María se presentó como una madre cercana, atenta al sufrimiento del mundo y deseosa de conducir a cada persona a la luz de Dios. Su mensaje es un llamado a la paz, a la conversión del corazón y a una confianza profunda en el amor divino. Entre sus palabras, resuena una promesa que millones de personas han sentido en lo más íntimo de su fe: “Nunca te dejaré”.

Esta frase recoge el espíritu de su presencia maternal: una compañía que no abandona, una luz que guía incluso en las noches más oscuras. La Virgen de Fátima se acerca a cada creyente como una madre que escucha, acompaña y protege, recordándonos que ninguna tristeza es demasiado grande ni ningún camino demasiado complicado cuando se camina con esperanza.

“Nunca te dejaré” significa que, aun cuando la vida trae pruebas, dudas o sufrimientos, la gracia no se aparta. María nos invita a confiar, a levantar la mirada y a descubrir que Dios camina siempre a nuestro lado. Su mensaje es consuelo para el cansado, fortaleza para el que lucha y paz para aquel que busca sentido.

En Fátima, la Virgen enseñó que su amor maternal no es un sentimiento pasajero, sino un compromiso eterno.
Es la promesa de una guía que nos conduce hacia la luz, de un refugio que no se quiebra, de una intercesión que nunca se silencia.

Es la certeza de que:

  • Nunca estarás solo, porque su corazón vela por ti.
  • Nunca perderás la esperanza, porque ella te señala el camino hacia Dios.
  • Nunca te faltará su protección, porque una madre no abandona a sus hijos.
  • Nunca te dejará, porque su misión es acompañarte hasta la paz verdadera.

Este mensaje, nacido en Fátima pero extendido por el mundo entero, sigue siendo hoy una fuente inmensa de consuelo y renovación espiritual. Cada vez que el corazón se inquieta o la fe se debilita, basta recordar estas palabras:
María está contigo. María te escucha. María te acompaña. María nunca te dejará.

Que esta promesa sea para todos un ancla de esperanza, una luz en los días difíciles y un recordatorio constante de que el amor de Dios se manifiesta también a través de la ternura de nuestra Madre del Cielo.